«Si a la niña le pasa algo, va a ser tu culpa»


“Si a la niña le pasa algo, va a ser tu culpa. Es más, hagan un informe que diga que si a la niña le pasa algo, va a ser culpa de ella, que lo firme”, eso es lo que asegura haber escuchado Bárbara Rivero de la boca de Jesús Castrillo, un médico residente del Hospital Central de Maracay la noche del pasado 6 de diciembre de 2022, el día en el que debía nacer su niña. El médico se negaba a hacerle una cesárea.

Rivero dice que a sus 32 años, tras haber pasado por dos procesos de cesárea, no había sentido tanta angustia: “Me daban duro en la barriga, me hacían fuerza, aunque yo les decía que tenía dolor. Les pedí otra vez que me metieran al quirófano, pero me decían que no, que yo podía parir”.

El desenlace, luego de esperar 12 horas por la intervención, la envolvió en una tristeza profunda, en un dolor más que físico: su cuarta hija, la que planificó tras sufrir un aborto en años anteriores, nació sin signos vitales.

Hasta ese día -cuenta Rivero- el embarazo había transcurrido tranquilamente. Ella y su esposo se prepararon para recibir a la niña, buscaron a una doctora privada que les inspirara confianza para hacer sus controles prenatales y la cirugía. Mes a mes, el avance era seguro: «La bebé estaba sana y yo también».

Bradicardia y la pesadilla

La cesárea de Bárbara Rivero estaba pautada realmente para el miércoles 7 de diciembre en el Hospital Central de Maracay. Su doctora, Giuseppina Mastursi, recomendó el procedimiento médico porque ya tenía un historial complicado: sus dos primeros hijos nacieron de ese modo por dificultades asociadas a vueltas de cordón umbilical en el cuello fetal.

Bárbara, consciente de la precariedad de los hospitales venezolanos, se aseguró de todo: compró el kit de cirugía. Planificó una fecha con Mastursi, que también trabajaba en el hospital público, con el fin de evitar el ruleteo. Incluso consideró cómo llegar al centro de salud. Pero la prevención fue saboteada por una emergencia.

El 6 de diciembre comenzó un dolor fuerte en su útero. De inmediato acudió al Hospital de La Victoria, cerca de su casa. Le hicieron varios exámenes y un eco que arrojó que el feto tenía bradicardia. Este es un tipo de sufrimiento fetal agudo que se genera por el enrollamiento del cordón umbilical simple o doble y provoca que la frecuencia cardíaca del feto pase a ser menor de 120 latidos por minuto.

El caso de Bárbara tomó otra dirección. Las doctoras de guardia en La Victoria tomaron la decisión inmediata de adelantar la cesárea para el martes 6 de diciembre. Aunque estaba en un centro de salud, prefirieron referirla al Hospital Central de Maracay por falta de condiciones para hacerle la intervención quirúrgica.

Allí comenzó su pesadilla.

«Ella puede parir»

Llegó al Hospital Central de Maracay cerca de las 5:30 de la tarde. La recibieron en silla de ruedas porque no podía caminar debido al dolor. Mientras iba en el ascensor, le preguntó a la mujer que la trasladaba si ya los médicos sabían que ella había llegado y la respuesta fue simple: “Sí, pero tienes que esperar. Yo no sé qué están haciendo, como que están ocupados”.

Así fue. Después de un rato, la subieron a una camilla para hacerle el primer tacto de la noche y la enviaron a la sala de espera del área de obstetricia. Ahí otra doctora chequeó su estado por un eco y dijo al resto de médicos de guardia que no tenía líquido amniótico, un motivo para intervenirla por el riesgo que representa para el feto y la madre. Sin embargo, la llevaron nuevamente a esperar con el resto de mujeres.

“Ahí yo les pregunto que por qué no me pasan a hacerme la cesárea, que afuera está mi familiar y tiene todos los insumos. Ellos responden que de eso se encarga protocolo, de recibir el material”, recuerda Bárbara.

Calcula que serían las ocho de la noche cuando el personal de protocolo entró con su kit de cirugía para contar uno por uno los materiales sobre la cama y hacerla firmar el recibimiento: “Ni siquiera fue protocolo el que buscó el kit, fue que mi esposo a toda persona que veía que entraba al hospital vestido de enfermero o de lo que fuera, le preguntaba a dónde se dirigía. Hubo una persona que le dijo que iba hacía el área de obstetricia, y le pidió el favor de que le recibiera la bolsa de insumos”.

“Yo le decía al doctor: “¿Cuándo me va a pasar?”. Yo no aguantaba el dolor. Yo no podía ni siquiera caminar del dolor que tenía. No tenía control del tiempo, pero en una oportunidad escuché: ‘Son las 12 de la noche’”, cuenta Bárbara.

A lo que Jesús Castrillo, según la entonces embarazada, el médico residente a cargo, respondía: “Ya va, negrita, que el quirófano está ocupado”.

Durante las ocho horas que transcurrieron, Bárbara desconocía cuál era el estatus de la frecuencia cardiaca de su hija. El monitor de control no se lo pusieron hasta que una especialista le indicó al grupo de residentes que ella necesitaba un estatus continuo. Tras evaluarla, el diagnóstico fue el mismo: bradicardia.

No era más que otra señal de que necesitaba la cesárea al instante, pero volvieron a ignorar su estado: “Después de eso, empecé a sentir dolores para parir. Ahí escuché que él [Jesús Castrillo] gritó: ‘Bradicardia’. Eso era con la cama que estaba enfrente de mí. Le dije: ‘¿A mí cuándo me vas a llevar?’. Y él me dijo: ‘Esto es una emergencia’. Yo le respondí: ‘¿Y lo mío no?’. En ese momento sentí que rompí fuente, llené toda la cama de agua y dije: ‘Yo estoy pariendo’».

“Bueno, ¿ella no y que no tenía líquido?”, escuchó decir al resto de médicos residentes presentes, a quienes vio con cara de sorpresa. Lo que la paciente recuerda es que ellos comenzaron a gritar que se acostara y pujara. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no podía.

“Se me acercó la señora de mantenimiento y me pegó un olor fuerte a cigarro. Esa señora me dijo que pujara, y yo le dije: ‘No puedo, tengo dos cesáreas anteriores’. Y me respondió que ella pasó por la cirugía y había parido, que yo estaba haciendo fuerza en la cara», recuerda.

Bárbara repitió que no podía más y a partir de ese momento la actitud del médico se transformó. Él y sus compañeras procedieron a hacerle la maniobra Kristeller, contraindicada por las consecuencias respiratorias y de rotura de huesos que puede ocasionar al feto, y el dolor aumentó.

“Me daban duro por la barriga. Les decía que me dolía y me respondían que eran las contracciones aunque no tenía más. Él repetía: ‘Si a la niña le pasa algo, va a ser tu culpa’. Transcurrió un tiempo, se le veía la cabeza al bebé, ellos tomaron una foto y se rieron», recuerda.

Especialistas señalan que al haber una orden médica para hacer la cesárea urgentemente, el deber ser es atender a la paciente porque el riesgo es doble: podría morir ella y el feto. Ilustración: Daniel Hernández.

El dolor de Bárbara fue compartido: lo vieron más de 10 mujeres que esperaban por parto y cesáreas.

Una de ellas, Osmerly Matute, de 25 años de edad, contó a El Estímulo la situación: “La dejaron de atender al ver que no podía. Fue así como: ‘Bueno, tú verás’. La veían de reojo. La ignoraban. Hablaban bajito mientras ella estaba con las piernas arriba por el dolor”.

Matute habla con firmeza porque entró a la sala a las 12:00 am del 7 de diciembre, justo cuando todos los médicos le gritaban a Bárbara Rivero que siguiera pujando. Observó en silencio todo el procedimiento y estima que duró tres horas en labor de parto.

“En el rato que ella estuvo allí preguntó varias veces por qué no la pasaban a quirófano (…) Una especialista le hizo el tacto y dijo que no estaba dilatando como tal, que la podían mandar a quirófano y que era maldad lo que le estaban haciendo. Entonces, una de las doctoras dijo: “Bueno, no sé, para mí ella puede parir”, cuenta Osmerly.

Además asegura que el shock de las mujeres presentes fue general cuando escucharon: “Tú quieres que yo te meta a quirófano, pero tu bebé va a sufrir porque ya tú lo tienes ahí. Ahora voy a tener que meter la mano y empujarte al bebé para hacerte tu cesárea”.

Mentir para “calmar”

El equipo médico finalmente decidió llevar a Bárbara al quirófano pasadas las 5 de la mañana, después de devolver a una joven que ameritaba la misma operación debido a una hernia.

“Cuando la regresan a ella, es que él [Jesús Castrillo] decide montarme a mí [en la camilla], pero lo hizo molesto, Me preparan y me ponen la anestesia. Y en un momento escucho que gritan: ‘5:30… ¡Pediatra!’. Ahí es cuando caigo en cuenta de que yo no escuché a mi hija”, rememora Rivero.

Si Bárbara ya estaba desesperada, ese momento la llevó al extremo. Preguntó varias veces dónde estaba su niña porque no se la mostraron ni escuchó su llanto, pero una médica intentó convencerla de que sí lo había hecho.

“En un momento veo por detrás de la cabeza que alguien le hace señas a la residente y ella pela los ojos. Yo ahí supe que algo estaba mal, pero jamás me imaginé que era con la bebé porque cuando entré a quirófano, ellos dijeron que se me desgarró el útero. La niña no estaba dentro del útero”.

Acostada como estaba, tomó de la mano a una de las residentes para que le enseñara a la niña, pero le respondió que no porque se la había llevado Pediatría.

No fue sino hasta que le preguntaron si se iba a ligar, que supo lo que pasó: “Yo les dije que me ligaran si todo había salido bien, pero si no, no. Les rogué que me dijeran la verdad. Y ahí una persona se me acercó y me dijo que mi hija había nacido sin signos vitales. Ese fue el momento más horrible”.

Bárbara lloró mientras la herida seguía abierta. El grupo de médicos se alarmó porque sus órganos se movían por los espasmos y la fuerza. En el proceso de sutura, solicitó que le informaran a su esposo, pero “nadie quería decirle nada”.

Insistió tanto que los médicos tuvieron que llevarle a la bebé: “La besé, le oré y después les dije que se la mostraran a mi esposo”.

En ese momento, ocurrió otra irregularidad: la enfermera que le mostró la bebé a su esposo le puso un brazalete de maternidad de una mujer cuyo nombre era Jessica.

“Mi esposo le reclamó y la enfermera se puso nerviosa, buscó la manera de quitarle lo que tenía en la mano, y él le dijo no, no se lo quites y le pidió a mi hermana que le tomara una foto. Eso lo tenemos como evidencia en la fiscalía”, explicó Rivero.

Sin respuestas ni respaldo

Bárbara tuvo que pasar más horas en la sala de recuperación debido a lo delicado de su estado. La doctora que atendió su embarazo, Giuseppina Mastursi, se presentó el 7 de diciembre en el hospital, pero no sabía de la muerte de la niña hasta que recibió la guardia: “Me vio llorando. La llamé y me dijo que la esperara. Pero ella le preguntó a alguien que cómo había salido y le contaron, ahí se agarró la cabeza y se fue”.

“Después se me acercó, le expliqué que el útero se me desgarró y ella me dijo que en la historia no estaba puesto eso. Días después, mi esposo le escribió por WhatsApp que era triste ver a nuestros hijos y los abuelos desarmando el corral de la bebé, ella solo respondía que le gustaría aliviarnos el dolor. Pero no dijo más nada de ese doctor, nunca tocó el tema”, relata Rivero.

Más motivos para denunciar

El Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) del estado Aragua se encargó de retirar el cuerpo de la hija de Bárbara en el hospital. Ni a los funcionarios ni a Bárbara le quisieron entregar el acta de nacimiento y los controles prenatales que acumuló durante nueve meses: “Yo ni siquiera vi la hoja donde le marcan los piecitos porque necesitaban la autorización del doctor”.

Bárbara supo los datos de la niña gracias al informe que levantó el médico forense que evaluó el cuerpo: la pequeña midió 52 cm y pesó 3.2 kilogramos.

Además de tener que lidiar con el duelo y los trámites legales, Bárbara tuvo que regresar el 30 de diciembre a la emergencia del Hospital de La Victoria porque la herida del útero se le abrió tres centímetros y le ocasionó una fuerte hemorragia.

Cuando preguntó la razón del sangrado, un médico le explicó que era una consecuencia de todo lo que vivió: “No sangré lo que tenía que sangrar por el trauma. Por eso estaba haciendo ese proceso. Me mandó a inyectar algo para terminar de botar los coágulos y resulta ser que fue peor porque me estaba desangrando”.

De nuevo ocurrió lo del 6 de diciembre: del Hospital de La Victoria la mandaron al Hospital Central de Maracay para recibir atención.

“Yo les pedí que no me llevaran porque allá me iban a matar, que habían matado a mi hija, que el caso estaba por fiscalía y a ellos no les convenía que estuviera viva. Pero me dijeron que me quedara tranquila, que como se trataba de un proceso penal, me atenderían puros especialistas y me enviaron en ambulancia”.

Bárbara volvió a terminar en manos de la médica que le hizo el eco la vez anterior. Luego de la cirugía, la metieron en la misma habitación con los residentes que estaban de guardia la noche en que debía nacer su hija, entre ellos Jesús Castrillo.

“Estaban ahí porque era el compartir de Navidad. Él pasaba bailando, pero nunca me miró más la cara. Pasó lo que pasó y miraba a los lados. Todos se alejaban. Pero hubo una que sí me veía mal, me volteaba los ojos, se llama Oritza Velasquez, yo creo que me miraba así porque yo denuncié mi caso en redes sociales y a ellos eso les afectó”, expresa.

La operación por emergencia le dio a Bárbara la oportunidad de conectar con madres que pasaron por un proceso similar al suyo: “En el piso de recuperación hablé con una muchacha que me contó que le tenían que hacer cesárea porque tenía preclampsia y la mitad del cuerpo paralizado por convulsiones. El doctor Jesús Castrillo le dijo que podía parir, que lo que tenía era secuelas de cuando era pequeña, pero ella se negó y se la hicieron”.

Bárbara revive la violencia que sufrió cada vez que debe dar su testimonio. Lo único que pide es justicia. Ilustración: Daniel Hernández.

Además, en la fiscalía conoció a una pareja cuyo hijo nació sin signos vitales por la misma situación, pero el 16 de diciembre de 2022. La diferencia es que los atendió otro grupo de residentes del Hospital Central de Maracay.

“Los especialistas salen ya cuando hay que correr. Ahí atienden puros residentes y ellos se dedican es a hacer puros bailes de Tik Tok en vez de estar trabajando y salvando vidas”, dice a modo de denuncia Bárbara, quien consiguió en la red social al grupo de médicos que la atendió haciendo grabaciones durante una intervención quirúrgica.

Las palabras de Rivero las respalda Osmerly Matute, quien contó a El Estímulo detalles de la conversación que tuvieron los médicos después de la cesárea de Bárbara: “Escuchamos que el bebé se había muerto y una de las doctoras le dijo al doctor Jesús Castrillo: ‘¿Cómo tú puedes estar tan tranquilo, tan feliz? ¿No estás viendo lo que acaba de pasar?’. Él le respondió: “Ajá, pero yo no puedo hacer nada. Yo se lo dije a ella”.

Prosigue Matute: “Después se acercó la especialista y les dijo: “Yo le había dicho a todos ustedes que ella no podía parir, que no estaba dilatando, ¿por qué le hicieron eso? ¿Ahora están viendo todo lo que pasó?”. Después de que la especialista se retiró, todos se reunieron y una del grupo dijo: ‘Todos tenemos que dar la misma versión’”.

Inexperiencia y poca sensibilidad

A la fecha, los funcionarios del CICPC de Aragua dijeron a Bárbara Rivero que comprobaron que en la revista médica no se indicaron detalles de la atención que ella recibió antes de la cesárea ni las causas exactas de la muerte de la niña. Son datos que se mantienen en resguardo debido al proceso penal activo.

No obstante, sus acciones han sido lentas: apenas a finales de enero le informaron a Rivero que pronto comenzaría el interrogatorio a los médicos que estaban de guardia esa noche. Por eso, ella ha buscado visibilizar la situación por redes sociales: “Quiero hablar para que esto no suceda más”.

América Villegas, activista por los derechos sexuales y reproductivos y miembro del Observatorio de Violencia Ginecobstétrica de Venezuela, explicó a El Estímulo que la experiencia de Bárbara Rivero no es aislada, sino que viene desde la formación institucional: “Uno de los problemas principales es que nuestros hospitales son escuelas. En los hospitales tipo 2, 3 y 4 se hacen posgrados y los médicos residentes van a practicar con el cuerpo de las mujeres. Ellos van a querer hacer cesárea, y no es porque quieran, sino porque si tu vas a pasar de R1 a R2 debes tener un número determinado de cesáreas, de tactos, pero muchos lo hacen de forma indiscriminada”.

Bárbara Rivero ha visto cómo estos médicos residentes hacen videos para redes sociales durante operaciones: «Ellos solo están experimentando con el cuerpo de uno». Ilustración: Daniel Hernández.

“Muchos médicos residentes ven a las mujeres y los hombres como un objeto. Para ellos se trata de un número de expediente. No ven contexto social ni económico. La diferencia es que cuando se trata de violencia obstétrica, todo redunda en la muerte materna o perinatal, y esos son indicadores de salud de un país. Cuando un organismo internacional va a evaluar cómo está un país, consideran esas cifras. Por eso es grave”, resalta la activista.

La última vez que Venezuela publicó un boletín con estas cifras fue en 2017, entonces los datos arrojaron que 11.466 neonatos murieron durante 2016. Se trató de 30,12% de fallecimientos más que en 2015. Cuando se conoció la estadística, el Gobierno de Nicolás Maduro destituyó a la ministra de salud, Antonieta Caporale, justamente por divulgarlas.

Para América Villegas es claro que Bárbara es un caso más: “Expresó que le dolía, pero el médico se dejó llevar por unas estadísticas que dicen que el 80% de las mujeres puede parir. La criminalizaron al decirle que era su culpa. Todos los procedimientos estuvieron mal. Ella no solo vivió violencia obstétrica, ella sufrió violencia psicológica que crea secuelas”.

¿Qué dicen los médicos del HCM?

Desde que se conoció el testimonio de Bárbara Rivero, El Estímulo ha intentado establecer contacto con el personal médico que la atendió para conocer su versión. De los médicos especialistas que forman parte del caso, solo contestó la llamada la doctora Flor Buston.

Buston rechazó dar alguna declaración: «Por teléfono no puedo dar ninguna entrevista, ninguna declaración, nada que ver. De eso se encarga el CICPC, y en tal caso las declaraciones se hacen en el CICPC, que ya por cierto citaron a todos los especialistas. Mi declaración yo la di al CICPC».

La doctora Flor Buston no compartió el contacto de sus colegas de guardia ni información sobre el médico residente Jesús Castrillo.

El Estímulo también se comunicó con Giuseppina Mastursi, la médico tratante de Bárbara Rivero, para conocer su posición: «Yo, declaraciones de eso no puedo dar. Mis declaraciones las di en el ente judicial respectivo. Si tú quieres, vamos a la policía y a través de ellos se hace otra entrevista. No puedo dar declaraciones porque esto es un caso delicado de salud. Yo soy la médico tratante de ella (de Bárbara Rivero), me debo a ella. Yo fui a mi guardia normalmente, pero no vi nada ni oí nada, yo entré al día siguiente (el 7 de diciembre)»

Mastursi además niega haber referido al Hospital Central de Maracay a Bárbara Rivero: «Yo no la llegué a examinar cuando le dieron los dolores (el 6 de diciembre), estaba en La Victoria. La emergencia se manejó a través del hospital donde ella vive, ahí comenzó todo, en La Victoria»

Sobre Jesús Castrillo, Bárbara Rivero asegura lo siguiente: «Yo leí las declaraciones que el doctor dio en estos días a la fiscalía. Él dijo que a mí me faltaban los insumos médicos, pero eso no me extraña porque ya yo sabía que ellos iban a alegar eso. Ellos le dijeron eso al grupo de guardia cuando entregaron la suya. Ellos le dijeron que a mí no habían ingresado porque no tenía los insumos (…) específicamente que me faltaba sutura, guantes y lápiz de cauterio. Yo lo leí».

Además agrega: «Él eliminó todas sus redes sociales después de que yo puse la denuncia. Un día lo busqué y no me apareció su perfil».

Igualmente, El Estímulo intentó conversar con el Hospital Central de Maracay, pero las llamadas no fueron contestadas.



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