El día que intenté ver a Chávez en el hospital militar


El 18 de febrero de 2013, Hugo Chávez regresó a Venezuela después de pasar 72 días en Cuba, donde se trataba el cáncer que posteriormente le causó la muerte. Yo trabajaba en el departamento de investigación de un canal de televisión en Venezuela, Globovisión. Ante la duda que generó, que después de su llegada no se le vio la cara al presidente, decidimos indagar y tratar de verificar si era cierto que Chávez estaba en el hospital militar Dr. Carlos Arvelo, en Caracas.

Llegó en un avión al aeropuerto de Maiquetía y nadie lo vio. Luego al hospital, y tampoco hubo fe de vida pública. Chávez, un hombre al que le encantaba interactuar ante las cámaras con las personas de su entorno político, que no hubiese aparecido a su llegada, con ese toque épico que siempre le colocaba a sus apariciones, cual militar independentista del siglo 19, siempre pareció muy extraño.

Nos reunimos en la oficina una mañana, para tratar de idear una manera de averiguar si era cierto que este personaje estaba realmente en ese centro asistencial. Había muchos rumores. Uno de ellos planteaba la hipótesis de que Chávez había muerto en Cuba en el mes de diciembre de 2012. Si esto era cierto, que pasaba en el hospital militar. ¿Qué ocultaban?

Ese año 2012, Chávez estaba muy enfermo. El 4 de octubre de ese año terminó abruptamente su campaña en la avenida Bolívar de Caracas. Pero esa no debía ser su última presentación. Tenía una tarima en la avenida Urdaneta, a dos cuadras del Palacio de Miraflores. Pero nunca llegó a este punto. Yo estaba allí esperando su discurso con mi equipo de cámara. Nos dijeron: no viene, está en palacio. Empapados, porque llovió mucho ese día, nos fuimos al canal.

Pensando en aquella oficina, una persona nos dijo que tenía un familiar hospitalizado en el hospital militar. “Bingo”, dijimos todos, mirándonos las caras. Sabíamos que teníamos una oportunidad de oro.

Nos dijeron en que piso estaba esa persona hospitalizada. Era el piso tres. El número de la habitación ya no lo recuerdo. Ese día de febrero que decidimos ir, me quité el traje y la corbata y me puse una franela, un blue jeans que tenía algunos huecos y unos zapatos de goma (deportivos). Así ingresé al hospital militar, fui hasta el piso tres donde estaba esta persona hospitalizada. Entré, saludé, ya sabían quién era yo. Conversando un rato, probé un dispositivo que tenía una cámara. Vi que encendía una luz roja, que significaba que estaba grabando. Todo estaba listo para buscar nuestro objetivo, Hugo Chávez.

Sabíamos por información que nos habían dado, que Chávez supuestamente estaba en el piso número 10 de este hospital. Me fui hasta el ascensor más cercano. ¡clin! Sonó el ascensor cuando llegó, iba subiendo, casi lleno, igual me pude montar. La ascensorista me preguntó: ¿hacia qué piso va amigo? Yo le dije, voy al piso 10. Inmediatamente me miró y me dijo: Señor el piso 10 está cerrado, si tiene algo que hacer en ese piso, le recomiendo que vaya al piso 9 u 11.

Le dije que me dejara en el 11. Cuando llegamos a ese piso, me bajé y caminé por todo el piso hasta que llegué a las escaleras y comencé a bajar. Al caminar hasta el descanso, es decir, la mitad de las escaleras, me di cuenta que estaban dos efectivos de la Guardia de Honor Presidencial o la llamada Casa Militar, cerrando el paso al piso 10. Solo personal médico y militar podía pasar.

Eso me hizo detenerme y tratar de disimular. Me devolví y regresé al ascensor. Lo esperé y volví a subirme y le dije a la chica que me dejara en el piso 9. Allí de nuevo bajé y caminé hasta las escaleras, cuando llegué a ellas comencé a subir y nuevamente me topé con los efectivos de Casa Militar. Pero esta vez, les pregunté si podía pasar. Me respondieron que estaba restringido el paso y de inmediato uno de ellos empezó a hablar por radio. Bajé y me fui al ascensor. Presentí que ya me habían descubierto.

Cuando el ascensor llegó a planta baja del hospital, salí de él y caminé hacia el camino que me llevaba afuera del hospital. Apuré el paso, sentía que me miraban, y cuando casi salgo del hospital, un hombre vestido de civil me llamó: ciudadanos, buenas tardes. Yo respondí: Buenas tardes.

Visitabas a alguien, me preguntó. Yo le respondí: si estaba en el piso 3 habitación xx. En ese momento me pidió la cédula. Antes de entregar la cédula, pensé, “Me descubrieron”.

El hombre me dijo: Acompáñame.

Le respondí: ¿hay algún problema?

“Tranquilo, no hay ningún problema, vamos a chequear la cédula, Fernando Tineo”, mencionó mí nombre sin tener la cédula en la mano.

Antes de esto, le había dicho a esta persona que venía de Monagas a visitar a esa persona y que era un familiar que lo estaban atendiendo en el hospital militar. Que era periodista, pero estaba de visita en Caracas.

El hombre que me dijo era un funcionario de Casa Militar le entregó mí cédula de identidad a otro funcionario, uniformado. Mientras, caminamos hacia unas mesas que hay en una cafetería que está en la parte baja del hospital, que en las mañanas están llenas de médicos, pacientes y familiares o acompañantes, pero, en la tarde están desiertas.

Allí me senté junto al militar vestido de civil, otro hombre trajeado pero, militar también, y una especie de Rambo caraqueño, de más de dos metros de altura y un arma larga de guerra en sus manos. Pensé: de esta no salgo.

Me interrogaron sobre lo que yo hacía en el hospital. Dije que estaba visitando a una persona en el piso 3, lo que verificaron y en efecto dijeron en la mesa que sí, había estado en una habitación en el piso 3. Me pidieron que les desbloqueara el teléfono, yo me negué. Igual me lo quitaron y se lo llevaron. Minutos después el militar que se lo llevó lo devolvió a la mesa y dijo: ¡Está limpio!

Una hora después seguían interrogándome. Hasta que el hombre que me detuvo en la puerta me dijo: Tineo yo sé quién eres tú, eres periodista de Globovisión, tu estuviste en la tarima en la avenida Urdaneta el día que el comandante no fue a cerrar campaña. Dije dentro de mí: Mierda! Más de tres meses y este tipo se acuerda de mí.

No me quedó otra que hablar, si no, me llevaban, según lo expresaban los militares.

Les comenté que sí, era periodista y sí estaba averiguando si Chávez estaba en el hospital. Me respondieron: ¿sabes que te podemos llevar preso?

Yo les dije: ¿pero, qué pruebas tienen que yo estaba en eso? Como pudieron verificar, yo estaba en la habitación xx visitando a una persona.

Me preguntaron nuevamente: ¿Tienes algún otro dispositivo de almacenamiento?, les dije que no.

Sin embargo, si tenía un dispositivo que parecía el control de abrir el portón del estacionamiento de una casa, que tenía una cámara pequeña con la que pretendía grabar en el piso 10.

Uno de ellos vio el control sobre la mesa, porque me habían vaciado los bolsillos del pantalón. Sacó una navaja y abrió el control por una ranura y lo picó en dos. Sacó el chip y me dijo: si aquí hay algo, olvídate de tu libertad. Llamó a un guarura armado y le dijo entregándole el chip: Revisa esto.

“Coño Tineo, como te metes en problemas sin necesidad”, decía haciendo una llamada el hombre del traje. Ya había pasado más hora y media y yo sentado en aquella mesa con los dos militares y el Rambo ametrallado detrás, sin pestañar.

Apareció el funcionario que se había llevado la memoria, y le habló a los miembros de Casa Militar: Esta limpio, no hay nada grabado allí.

“Bueno Tineo, esto se queda aquí. Agarra tu teléfono y sal de aquí”.

El hombre que me había detenido antes de salir del hospital, se vino caminando conmigo hasta la puerta principal y allí me entregó la cédula. “Saliste bien de está, saludos a tus jefes, pórtate bien”.

Como un papel blanco salí caminando del hospital. Frente a la entrada del centro de salud estaban mis colegas de los medios, que todos los días hacían guardia allí esperando el desenlace de la enfermedad de Chávez. Días después uno de ellos me comentó, “Chamo pensé ese día que estabas enfermo, porque estabas pálido”.



Source link