Visitar Barquisimeto, un reencuentro con el racionamiento eléctrico y la escasez


Venezuela no es premium y un viaje al interior del país solo te lo puede confirmar. Esta es la historia de lo que vi durante mi estadía en Barquisimeto, el destino que elegí para descansar los primeros días de enero.

Empecemos por hablar de lo que nadie cuenta: viajar en bus ya no es una opción accesible y no se trata solo de dinero. Hay pocos autobuses en los terminales, y estos solo parten si se llena una unidad de 48 puestos. Si faltan pasajeros o demora en venderse la totalidad de asientos, el viaje se reprograma. Al menos esa fue la experiencia que viví buscando pasaje.

Para evitar retrasos, terminé pagando el famoso «carrito por puesto», el salvador de cientos de personas que quieren y pueden costear un transporte para viajar más cómodo y seguro. Me aventuro rumbo al estado Lara, en un carro pequeño, de 4 puestos, con conductor amable, que conversa con todos nosotros, sus pasajeros. Hoy voy de copiloto, hablamos durante 4 horas de camino, en la conversación se asoma el tema de los policías, cuenta que es complicado cargar pasajeros cerca del terminal, porque los han cambiado de sitio muchas veces, nos dice: «Estamos a merced de los policías que están en la esquina del terminal de pasajeros, cada por puesto que sale, debe pagar a la policía una vacuna de 10 dólares.” El cuento queda allí. Pero no se olvida. De años sin visitar el estado Lara, mi sorpresa fue mayor: el letargo económico y social es denso. Allá el resurgimiento que vive Caracas no es palpable ni visible, y se evidencia en las calles, hogares y rostros de las personas.

Tuve la oportunidad de presenciar la preparación y el recorrido de la procesión de la Divina Pastora y me di cuenta de que la situación que enfrentan los larenses es un motivo para rezar: el 5 de enero vi a varias mujeres y hombres elevar una plegaria por el bienestar y salud de sus familias, y varios incluyeron el deseo de que las cosas mejoren.

El martirio del larense: la gasolina

Las colas para obtener gasolina son muy largas.

En Barquisimeto el acceso al combustible es complicado y eso ha golpeado la economía del estado en general. Hacer la cola para comprar gasolina subsidiada se traduce en horas bajo el sol y desesperación. La mayoría amanece para llenar su tanque y lo más seguro es que los primeros jamás verán quién es el último conductor. La situación es peor al oeste de la ciudad, donde las personas pasan hasta dos días al borde de las calles para llenar su tanque y si no cumplen el pico y placa deben esperar hasta la semana siguiente.

La bicicleta es el transporte en tiempo de crisis para los pequeños comerciantes.

En Lara moverse en carro es cuestión de suerte y vía Pavia solo puedes ver cómo las cosas empeoran. De ahí que la bicicleta se convirtiera en una aliada. Si bien siempre ha sido parte de las personas, ahora es el medio de transporte de miles. De día y de noche es posible ver a personas recorriendo largas rutas para hacer sus labores, ya es un mito que la bicicleta sea exclusiva de los corredores de ruta y montaña.

El apagón y la sequía son perennes

A pesar de que en Caracas ya no es constante un apagón de horas, en Lara las cosas no mejoran. El servicio es intermitente en varias barriadas y urbanizaciones, especialmente las que están lejos de la capital.

En la comunidad de Ruíz Pineda, si un transformador se daña, es muy difícil que se reponga

Cuando se daña un transformador, que pasa con frecuencia, cientos de personas pueden durar días a luz de las velas, comiendo de compras diarias y buscando resolver en otro sector.

niños carga pimpinas de con agua en la vía de Pavia

Al generarse un problema de este tipo, las autoridades suelen responderles que no hay recursos para reemplazar el transformador y en varias oportunidades han sido los ciudadanos quienes han hecho intentos de comprar reunir fondos y comprar el aparato. Sin embargo, no siempre se alcanza la meta y toca esperar la acción burocrática de las instituciones.

El mismo patrón se repite con el agua. Entrar a una casa es encontrarse con tobos, tanques y perolitas que sirven para lavar platos, asearse y bajar el inodoro. Hidrolara creó un plan de racionamiento, pero la verdad de lo que pasa se lee en los comentarios de Instagram de la compañía: nadie tiene agua y los reclamos son diarios.

Revender para reusar: la opción que quedó

En el sector Ruiz Pineda, un barrio icónico de la ciudad, encontré algo que hace un par de años no existía: un mercado de cosas usadas. Cada objeto está sobre manteles de plástico, y lo cierto es que lo que otros ven como basura, los vendedores lo ven con potencial para generar ingresos extras.

Entrar al mercado de cachivaches es una garantía de hallar llaves de plomería, griferías, lámparas viejas, zapatos usados, pero bien remendados por un precio de cinco dólares. Sin lugar a dudas, el lugar es un retrato gráfico de la dualidad entre el retroceso y las ganas de salir adelante. En Ruiz Pineda no se desperdicia nada y ejemplos hay en otras zona, como la avenida 42 de Barquisimeto, donde Alexis Mendoza trabaja desde 40 años como curador de zapatos.

Alexis Mendoza trabaja desde 40 años como curador de zapatos en la 42 de Barquisimeto.

El zapatero tiene una sonrisa contagiosa y un ánimo envidiable. Desde muy niño dedicó su tiempo al trabajo porque entendió que estudiar no era lo suyo.

«No quise estudiar. De joven ya quería ser todo un adulto, quería ganar dinero y vivir de eso. Mi papá me aconsejó que si no quería estudiar, trabajara y así fue. Heredé de él la habilidad de coser zapatos de cuero y poner suelas. No me arrepiento de ser un cirujano del calzado, lo hago bien», cuenta Mendoza.

Además habla de progreso: «Con mi trabajo hace años logré comprar casa e incluso construir tres más. Mi hija estudió y no le faltó nada. Pero ahora el trabajo que hago no puede ser cobrado como antes. El material que se consigue para reparar zapatos ya no llega de la mejor calidad, uso el que se consigue y no es óptimo. Es difícil garantizar un buen trabajo sin cosas buenas, lo que yo hacía en una semana me alcanzaba para el mercado de un mes y más. Hoy solo vives del día a día, pero no importa mijo, mientras tenga salud aquí estaré trabajando en la misma calle».

Para Alexis, las pinturitas que tienen las paredes de Barquisimeto también son una fachada. La política pública es cuestión de temporada y es tan claro que la queja se sobrepone ante el buen ánimo que alguna vez caracterizó a la mayoría de los larenses.

Transcurren los días en tierra crepuscular, hasta que llega el día del retorno. De nuevo al terminal de pasajeros, donde confirmó lo que me había dicho el conductor que nos trajo. El segundo piloto de turno, el que nos lleva de regreso a Caracas, también conversador, me da pié para preguntarle como es el tema de la famosa vacuna y así me corrobora que cada carro de pasajeros que sale, debe pagar 10$ a los policías quienes a su vez hacen su repartición de ese dinero, esos 10$ dólares son una cuota fija que cada chófer paga religiosamente.

Este conductor, que nos trae de vuelta, saca una cuenta en su mente, pero a viva voz, son 30$ por pasajero.  30$ por 4 pasajeros son 120$.  Pero debe restar de allí 30$: 20$son para los que cargan de pasajeros los vehículos, es como un fiscal y luego 10$ que son para los policías, a él le quedan solo  90$, de los cuales debe restar el monto a pagar por la gasolina del día.  Nos dice: “No siempre es negocio, pero es el trabajo y viv0 de eso desde hace mucho tiempo.” No supimos su nombre, pero lo escuchamos atentos, fuimos su muro de los lamentos y desahogo por el tiempo que duro nuestro viaje en carretera.



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